
Aller fue un día esperado por muchos, el primer día de clases, el inicio del curso escolar, la noche antes mi niña pequeña pasó trabajo para conciliar el sueño por la premura del amanecer. Sus diminutas prendas de vestir reposaban listas para la nueva contienda estudiantil.
Quien les comenta también preparó sus útiles para la labor reporteril de tan linda jornada, pues mi antigua escuela Fabric Aguilar Noriega abría sus puertas a uno más de mi familia.
Sonó la alarma y Nathalia se levantó con una gran sonrisa en sus labios lista para enfundarse en su uniforme y cargar con mochila y lonchera, los primeros disparos del obturador de mi cámara…bueno ya se imaginan donde fueron dirigidos.
Acto seguido, Fabric nos esperaba, a su entrada grandes banderolas adornaron sus cercados perimetrales, muñecos inflados permanecían incólumes a lo largo del pasillo hacia su plaza de actos, dos hermosos pabellones ondeaban desde la altura de la edificación y el busto de José Martí también lucía un rosal blanco.
Todo estaba bien dispuesto y comenzó el acto inaugural, presentaciones del claustro de maestros, entrega simbólica de los materiales de estudio y un sin número de agasajos fueron dándose paso.
Pero allí no paró mi sorpresa…no, una fila más adelante otro lucía un mechón bien largo a un lado de su cabecita y los rayitos o iluminaciones como se le nombra a esa decoloración en el cabello, daban terminación a su cabellera y una niña que apenas comenzó el primer grado con sus labios pintados de color rojo, se imaginan ese plano fotográfico no.
Aún pienso como existen padres capaces de llevar a sus hijos a los colegios con semejante facha, me imagino que por ser el primer día de tanto ajetreo estos anacronismos no hayan sido percibidos.
El hecho es que al parecer a algunos padres se les pasó que el segundo día de septiembre comienzan las clases y el uniforme como su nombre lo indica, es para algo.
Creo que este atuendo merece un respeto como se les da a los símbolos patrios, cierto es que la comercialización de los mismos este año tuvo sus percances, pero lo cortés no quita lo valiente.
Asistir correctamente vestidos a las aulas y sin esos anacronismos es mostrar respeto a quienes durante todo un año y quizás más, lleven su educación a grados superiores.
Nunca es tarde para anular esos malos modelos, digo yo, ahora es el comienzo de una larga carrera de la que un día ellos llevarán del brazo a su descendencia quizá como yo, a mi antigua escuela Fabric Aguilar Noriega.
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